Eran tus ojos, mis ojos...mirándose, entendiéndose. Esa noche no sabia qué iba a pasar, sin embargo esperaba dejarme llevar.
Me agarraste la mano, y los latidos del corazón aceleraban de a uno a un millón. Me sonreiste y de apoco esos latidos agitados, se iban calmando.
Entre risas nos entendíamos, nuestras mentes viajaban al mismo lugar mientras nuestras manos se acariciaban con timidez.
Nuestros labios se rozaban, sin embargo no existía un beso.
El suspiro se adueñaba de la noche. Nos miramos, nos abrazamos y en esa paz, en ese encuentro entre tu alma y mi alma, encontré la fuerza para seguir.